Arturo Romero Garrido
El reinado de Isabel II en el Reino Unido llegó a su fin después de 7 largas décadas en los cuales la soberana fue testigo de la transformación paulatina de su reino y del mundo a partir de la Segunda Guerra Mundial, época en la que tomó el trono debido al inesperado fallecimiento de su padre el rey Jorge VI por motivos de una enfermedad incurable.
Así, con tan solo 25 años Isabel se convertiría en reina del Reino Unido y en el líder del Comité de los 300, es decir, en la mujer más poderosa del mundo.
Recuerdo que en los últimos años de su reinado hubo personas que llegaron a sugerir que, dada la edad avanzada que tenía Isabel aunado a una clara disminución de sus capacidades físicas, había llegado el tiempo para que claudicara a favor de su hijo Carlos, cuestión que no sucedió.
Seguramente estas personas tenían toda la razón, sin embargo, en ocasiones el comportamiento humano se mueve en otra lógica.
Al respecto, Javier Sicilia ofrece una respuesta sincera cuando menciona que la astuta serpiente –demonio en realidad- de la que se hace mención en el Génesis sentenció sin equivocarse que el hombre sería expulsado del Paraíso “Pues Dios sabe que…serán como dioses”.
El poeta no duda al señalar que: “la adicción al poder tarde o temprano termina en un desastre absoluto” y, efectivamente tiene razón.
Basta con mirar el trastorno que existe en las relaciones intrafamiliares de todos los miembros de la familia real para darse cuenta del daño que ha provocado en ellos el cargar con el peso de la corona.
No es acaso una dicotomía; ser amo absoluto de lo terrenal por el poder que confiere ser rey y, al mismo tiempo, ser esclavo de su poder…
Con la coronación del rey Carlos III el pasado 6 de mayo en la abadía de Westminster se dio continuidad a la tradición de heredar el trono al primogénito –tal parece que seguimos en la edad media-.
Queda claro que en los países donde imperan las monarquías, el talento y la capacidad no son necesariamente los atributos requeridos para poder ostentar el cargo político más importante de la nación.
En ese sentido, el speech sobre “la meritocracia” enarbolado por el ex primer ministro Theresa May carece de toda lógica.
CARTA AL REY
Más allá de la cobertura mediática del evento realizado en el centro de Londres donde miles de personas pudimos observar la solemnidad del acontecimiento al tiempo en que la lluvia –no podía faltar- se hacía presente, bien vale la pena reflexionar sobre el mensaje contenido en una carta dirigida al rey por Julian Assange.
Escrita desde el más recóndito de los lugares en Londres, Assange extiende una invitación al rey para que visite una pequeña parte de su reino; la funesta cárcel de Belmarsh donde el australiano se encuentra recluido.
Ahí, encerrado en cuatro paredes el fundador de Wikileaks narra la precariedad de la que son sujetos todos los que se encuentran en esa prisión –no podía omitir esta parte- al tiempo en que clama por la misericordia del nuevo rey.
Escribe Julian Assange que: “La cualidad de la misericordia no se tensa. Cae como la suave lluvia del cielo sobre el lugar de abajo”.
Y es que su destino todavía no está escrito, si bien se cree que pasará más tiempo en Londres sigue pendiente una solicitud de extradición elaborada por los Estados Unidos quien lo quiere de regreso para que pague –seguramente de por vida- por haber filtrado miles de documentos confidenciales a la red.
La carta, la cual por cierto es muy corta, termina diciendo: “Le imploro, rey Carlos, que visite la prisión de Su Majestad en Belmarsh, porque es un honor digno de un rey. Al embarcarse en su reinado, recuerde siempre las palabras de la Biblia King James: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.
¿Habrá tenido eco el mensaje de Assange? Sinceramente lo dudo mucho.
De los miles de periodistas - profesionales que tienen como tarea realizar trabajos de investigación y divulgación de información- a lo largo del planeta fueron contadísimos los que voltearon a ver el mensaje contenido en la carta de Julian Assange y ofrecieron su respaldo.
El australiano es hoy un personaje en desgracia. En cierto momento tuvo la oportunidad de estar ocupando un espacio gubernamental importante gracias al cual fue acumulando información secreta, delicada y estratégica, considerada como de seguridad nacional por parte del país más poderoso del mundo.
Ese tipo de información tiene un enorme valor y le confiere un gran poder a su poseedor.
Nadie duda que Julian Assange hizo lo correcto al dar a conocer gran parte de los archivos que estaban en sus manos, lamentablemente no pudo escapar de la venganza orquestada por el país vecino...quiso jugar a las vencidas y fue doblegado y castigado por su osadía.
Acerca de eso, el mismo Javier Sicilia cita en el último de sus artículos titulado el vértigo del poder a Heráclito quien sentenció que: “El hombre no sobrepasará sus límites. Si no, las Erinias que guardan la justicia sabrán castigarlo”.
Así son las aristas del poder, nadie se salva de las consecuencias que genera en la vida del hombre básicamente porque éste no distingue entre plebeyos o monarcas, entre obreros o capitalistas.
¡Que el corazón del rey dé una muestra de compasión y que otorgue la indulgencia!
Ese sí que sería un gran acto de misericordia, quizás el suceso más importante que el mundo pudiera llegar recordar del reinado de Carlos III.